Cuando El Jueves en Sevilla es un día y un rastro

17 marzo, 2014 — Leave a comment
El Jueves. Sevilla

Antigüedades en un puesto

El Jueves. Sevilla

Entre vendedor y comprador siempre hay un lenguaje que no se estudia en las academias

El Jueves. Sevilla

Trajes de flamenca y pendientes de cristal

El rastro es la última oportunidad, allí donde se criba lo que pueda tener una ulterior vida y el morir definitivo. El más allá de la ecología; a las tres erres del reciclar, reutilizar y reducir el consumo, suma su cuarta de “rastro”; y sin subvenciones de ningún tipo. El rastro es rebuscar, sondear con el rabillo del ojo al que vende, no dejarte impresionar por la ganga y llegar a un acuerdo comercial donde los dos actores principales creen que han hecho un buen negocio. El rastro es la frontera límite entre el bien como objeto de culto de anticuario conservador y lo cutre elevado a fetiche socialdemócrata. El rastro es el mercado de lo que está fuera del mercado, el único sitio donde a Montoro no se le ha ocurrido poner aún un IVA; un paraíso fiscal, sin facturas, ni albaranes, donde todo tiene menos papeles que una liebre de campo. El rastro es el “tax haven” de los pobres, para los que no necesitan maletines ni burlar seguras aduanas; simplemente se espera un día de la semana, si no llueve mejor, y nos echamos unos eurillos como presupuesto para ser gastado. Al rastro no se va a buscar nada, se encuentra, te topas. No se pregunta ¿qué vale?, sino señalando con desdén, como si nos importara una higa el objeto del litigio mercantil, se espeta: ¿Cuánto quiere usted por eso? Porque en el rastro hay que guardar las formas, donde al vendedor, tenga o no las uñas limpias del manejo de la mercancía, no se le puede tutear, ni mucho menos faltar al respeto; es un señor, de los antiguos, heredero directo de nuestros mejores buhoneros que tan gloriosas páginas promovieron en el Siglo de Oro. Ahí, entre las lonas y las mantas extendidas en las aceras, existe un lenguaje no escrito, que no se estudia en academias ni escuelas de negocios. “Si me lo dejas a la mitad, me lo llevo” viene a significar que le estás quitando un peso a la hora de recoger. Sacar el dinero en el acto y pagar es desatar la fantasía del vendedor por cuánto más podía haberlo ofertado. “Me lo voy a pensar” es la manera elegante y diplomática del no. “Voy a dar una vuelta”, estudia mi contraoferta. “Nuevo vale más barato”, es que ha errado el tiro. Si por el contrario te contestan con “¿usted qué me da?” es que te han calado hondo.

El Jueves. Sevilla

Las muñecas como objeto de colección

El rastro, como palabra, ha sobrepasado con creces su cuna, Madrid. Se extiende por todos sitios. Poca fortuna hicieron las “pulgas” francesas o el “segunda mano” inglés. No es un mercadillo más al uso. No es el grito de “me lo quitan de las manos”, “a leuro, a leuro”. Allí no se vocea, una consideración por favor. Esto viene de muy antiguo. (Sin ir más lejos, el que nos ocupa, de antes de la conquista de Fernando III de Castilla). Representa al lugar donde puedes resolver por fin el enigma del tirador de la cómoda extraviado o roto, la orfandad de la lámpara que perdió a su globo gemelo, el cromo o estampita que faltaba para completar el álbum que nunca pudiste acabar, esa postal antigua de tu barrio sin cambiar, el último adorno imposible o el principio de una colección que tú nunca imaginaste serías capaz de hacer. El rastro es un compendio de compendios. Cientos de miles de historias en un metro cuadrado a ras de suelo. El rastro es la medicina para los que sufren el síndrome de Diógenes. El rastro es deambular un día cualquiera a la espera de descubrir en la anarquía del montón algo. En Sevilla ese magnífico día y rastro se llama El Jueves. Vayan, deja huella.

 

El Jueves. Sevilla

Los vinilos, ¡qué tiempos aquellos de lo analógico!

El Jueves. Sevilla

Se ruega no tocar las figuras. El ibertren, quién lo iba a decir.

Romualdo Maestre

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Toda su vida profesional, y van para 25 años, en ABC. Primero en Madrid (tuve la suerte de trabajar en la redacción primigenia de la calle Serrano) y ahora en Sevilla. En esta revolución de las nuevas tecnologías que nos ha tocado vivir (y sufrir), los cambios son tan rápidos que algunos se quedan obsoletos al poco tiempo de estrenarse. La ventaja es que el medio ya no es el mensaje y este vuelve a cobrar protagonismo. Sobrevivirán los más preparados en el océano de información y nuestro periódico, su periódico, tiene de sobra acreditado prestigio para esta titánica tarea

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