Una alegría contagiosa

Estoy de vacaciones en la sierra de Madrid. Se pueden imaginar que estoy la mar de contento y de bien. La temperatura es más agradable por estos parajes. Suficientemente lejos de la capital para no escaparme continuamente –es la mejor época del año para disfrutar de la ciudad- y relativamente cerca para ir cuando la ocasión lo merezca. Dos motivos me han acercado, hasta el momento, a Madrid: ir a ver la exposición del pintor Antonio López en el Thyssen –con permiso de su patrona doña Carmen- y palpar de cerca la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). La exposición merece la pena, pero darse una vuelta por la capital junto a miles de jóvenes venidos de todas partes del mundo, es un espectáculo digno de ver y de vivir. Para todo aquel que sienta curiosidad o para quien quiera verse contagiado de una alegría y una felicidad que no se ve en ningún otro lugar. Al menos esa es mi experiencia.  

Soy uno de los 4.900 periodistas acreditados. Pero acabo de decidir que paso. Me iré a los lugares de encuentro llevado por la gente. Las medidas de seguridad son tan insoportables –exceso de celo o trabas a la organización y medios de comunicación- que no merece la pena seguir lo planificado. Vas paseando por la calle, Castellana hacia abajo camino del Retiro, y el fluir de jóvenes es impresionante. Chicas y chicos negros, blancos, rojizos, amarillos, morenos. Altos, bajos, fuertes, guapos y feos. Pasas junto a unos congoleños y al sonar de sus tambores y movimiento de sus esqueletos, te pones a bailar. Es pura simpatía. Y ese grupo de mexicanas que se te acercan y qué fácil es ponerse a platicar con ellas. Y por ahí vienen los yankis, siempre tan desinhibidos y divertidos. Y esos orientales –no se si coreanos, lo siento- tan delicados y sonrientes. Y muchos italianos, de verbo fácil y cantarín, que hacen honor al típico barullo latino.

Se lo pasan en grande, pero han venido a escuchar al Papa y a ser escuchados por quien quiera. Han venido a intentar ser mejores personas. Han venido a perdonar y ser perdonados. El Parque del Retiro es un inaudito aforo lleno de confesionarios donde el personal confiesa sus faltas y pecados ante el sacerdote, en nombre de Cristo, quien les perdona. Y salen felices. Es uno de los grandes tesoros del catolicismo que requeriría mayor explicación (otra vez será). Y la gente reza. Por la calle o en capillas improvisadas. En alto o en silencio. A solas o en grupo. El recibimiento procurado al Papa en la Puerta de Alcalá y Cibeles, fue IMPRESIONATE. Nunca había visto nada igual en Madrid. Cientos de miles de personas, en su mayoría jóvenes, esperaban tan solo ver pasar a Benedicto XVI. Hay cosas que no tienen una explicación racional y esta es una de ellas. A su paso, las personas que me rodeaban se pusieron a llorar. No eran solo mujeres y niñas, como alguien pudiera pensar. No. A mi lado, un señor muy hecho, miraba en silencio mientras se le caían un par de lagrimones por las mejillas.  Creo que lo que está sucediendo en Madrid es demasiado trascendental. Todos los medios –incluso los más indiferentes- se han rendido ante esta riada de agua fresca, juvenil y católica, que significa universal, abierta a todas las personas de todos los tiempos.

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