Ley de Educación

Dejemos a un lado los recortes económicos por un momento y ciñámonos al fondo de la nueva ley de calidad de la educación y a sus puntos principales. La sustancia del nuevo sistema educativo que pretende el Gobierno actual es elevar el nivel medio de nuestros jóvenes para que puedan tener más posibilidades en el futuro y puedan forjar su destino con sus capacidades. Será seguramente el bien más preciado que pueda tener una persona para salir adelante en la vida. No todos están dotados para ser catedráticos, o ingenieros o médicos o abogados. Como tampoco todos están dotados para el trabajo manual o más técnico por la vía de la FP. Evaluar estas capacidades y encontrarlas en los alumnos de educación básica es el objetivo. No obstante, siempre habrá posibilidad de que un chaval se reenganche tanto a la universidad como a la FP.

Y este ideal es el que pretende sustituir al actual de café para todos. Aunque sea aguado. El modelo de anteriores gobiernos socialistas promocionaba pasar de curso a toda costa y que accediera el máximo número de personas a la universidad, aunque eso supusiera una menor exigencia a todos los alumnos, anulando así las capacidades propias de cada cual. Un complejo que, posiblemente, ya está superado por la actual sociedad, pero que pesaba y sigue pesando en algunos núcleos del socialismo español. De aquí el abultado fracaso escolar y su abandono precipitado, con tasas del 25 por ciento de media, que en Andalucía son mayores. Y esto no podía seguir así.

Con esta ley no peligra la enseñanza pública, ni mucho menos. La mejorará, en todo caso. Aumenta además la libertad de elección de enseñanza por parte de los padres, lo cual siempre es bueno. Solo un sistema totalitario tiene miedo a la libertad. La enseñanza del castellano en Cataluña y la contabilidad de la asignatura de religión para la nota final, pueden ser los elementos polémicos. El primero más por las formas y el segundo, sin fundamento, pues con el PSOE ya se contabilizaba. No obstante, merecerían comentario aparte.

Dicho lo cual,  no renuncio al derecho que como hombres libres tenemos los ciudadanos de exigir un sistema educativo que esté al margen de los avatares políticos y de las ideologías. Mientras,  nos tendremos que ir conformando con leyes mejores o peores, según la capacidad de los gobernantes de turno. Y en este caso, creo que algo vamos a mejorar.

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