Defiéndenos del enemigo

El sacerdote José Chamizo ha sido relevado como Defensor del Pueblo andaluz por Jesús Maeztu, una persona que fue sacerdote y ya pasó por este mismo cargo en los años noventa. Ambos provienen también de una importante inquietud social y de trabajar con los más desfavorecidos. Curiosamente, entre los nombres que se han barajado para este puesto, también se encontraba Amalia Gómez –católica practicante y también con mucha  dedicación social- y Rosa Bendala, con semejantes inquietudes. Se habían barajado más nombres y todos tenían en común el que se puede afirmar que son buenas personas, tienen un marchamo social y espiritualidad religiosa.

Al margen de la polémica destitución de Chamizo –el único que se atrevía a criticar a los políticos en público- llama la atención que los grupos políticos en el Parlamento de Andalucía vienen coincidiendo en señalar para el cargo de Defensor a una persona respetable y con el perfil señalado. Imagino que todos ustedes se habrán dado cuenta. Una buena persona para defender a la sociedad de las injusticias del enemigo. O del maligno, como quiera ustedes. Porque imagino que lo de defensor va en esta línea. Si no se llamaría de otra forma. De hecho quien acude al defensor es porque ha sufrido, en la mayor parte de las ocasiones, una injusticia por parte de las distintas administraciones. O estas no han acudido en ayuda del ciudadano cuando se produce un agravio por parte de un tercero.

Está bien que haya defensores. Los hay en distintos ámbitos. En algunos medios de comunicación existió y aún todavía, un defensor del lector. Muchas empresas tienen lo que denominan un defensor del cliente. Y tenemos al defensor del pueblo en España, Andalucía y Sevilla. Lo que importa es que la persona que ocupa ese cargo sea independiente, capas y tenga la autonomía, el poder y los medios para hacer su trabajo. No solo moralmente, que  ya es algo, si no de manera efectiva. Porque para decir en voz alta lo que no está bien ya hay mucha gente que lo hace.

Dicho lo cual, si los partidos políticos representados en los parlamentos eligieran a las mejores personas de entre sus filas para el gobierno de las cosas, posiblemente no harían falta defensores del pueblo ni de nada. Pero ¡hay! Esto no parece que se cumpla siempre. Y, en todo caso, estarán conmigo que en España somos unos clericales. Los de la derecha y los de la izquierda. Y por eso también hay tanto anticlerical, porque seguramente procede rebotado de la otra parte de la comparación.

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