La madeja del federalismo

La presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, es una firme defensora -como el secretario general de su partido- de implantar un modelo federal en España en una hipotética reforma de la Constitución. Modelo administrativo y político que, según el partido socialista, arreglaría el problema catalán dando un espacio de mayor gobierno a Cataluña y, lógicamente, al resto de comunidades autónomas. Desde una perspectiva únicamente política, un Estado Federal como Alemania o Estados Unidos, es una opción como otra cualquiera. Pero un planteamiento así, en un Estado de las Autonomías todavía joven y sobredimensionado, donde una autonomía se parece bastante a un estado, no parece tanto una solución como una huida hacia adelante. Un adelante, donde no se conoce lo que hay, todo sea dicho de paso.

Precisamente, una de las leyes del actual gobierno que todavía falta por implantar es la de la unidad del mercado español. Esta ley tiene por objetivo unificar y simplificar las 18 normativas que se pueden dar en materias tan básicas como el medio ambiente, los impuestos cedidos y otras muchas normas que afectan y dificultan la vida de los ciudadanos y empresas. Normas de las 17 autonomías y del Estado que suponen un gasto importante y  que, en muchos casos, significa triplicar la burocracia y el personal. Ya decía el filósofo, que lo sencillo es hermoso.  Por algo será.

Uno de los grandes errores del gobierno de Zapatero fue aprobar la reforma del estatuto de autonomía de Cataluña, al que siguieron otros tantos, incluido el andaluz. Como se demostró en el apoyo que reflejaron las urnas –no votaron en ningún caso más del 50 por ciento del electorado-, esas reformas estatutarias fueron un invento político. Perdón, de los políticos. Y esta reforma federalista de la Constitución va por el mismo camino. No le interesa a casi nadie.

Uno de los pocos aciertos del gobierno Zapatero fue erradicar de los espacios públicos y cerrados la posibilidad de poder fumar. Eso sí que es solucionar un problema. Y seguramente se lo agradecen ahora millones de españoles y extranjeros que visitan España. Sin embargo este modo de proceder no es el habitual, porque toda prohibición produce inicialmente rechazo, pero si es razonable, a la larga es aceptada.

Por eso, más que un federalismo, las iniciativas políticas actuales tendrían que ir dirigidas hacia una simplicidad del sistema. Es decir, unificar criterios en materias tan básicas como la educación, la sanidad, la justicia y el mercado interior. Esta medida sería muy popular entre la gente y poco entre los políticos. Popular porque abarataría el gasto de las administraciones, de los productos de consumo y sanitarios; agilizaría la administración de justicia y los jóvenes españoles podrían tener la oportunidad de conocer los ríos de España, en lugar de saber solo los que riegan la geografía andaluza.

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