La fuerza del erizo

La fuerza del independentismo catalán es inversamente proporcional a la tenacidad de los no independentistas y, más aún, si estos son españolistas, europeístas o mundialistas. Porque cuanto más grande sea el ataque contra el sentimiento separatista y provenga de más lugares e instituciones, más pequeño y compacto se hace ese sentimiento. Es como el erizo, que se vuelca sobre sí mismo para defenderse de un peligro exterior. Ya no ve nada. Se hace fuerte en su pequeñez, lo que acentúa que las púas sobresalgan de su cuerpo esperando repeler los golpes. Nada más es capaz de hacer. Así reacciona el sentimiento de un nacionalista. Su alma se encoge tanto que ya no es capaz de razonar con claridad, ni de querer al prójimo, ni de acometer actos de grandeza de ánimo. El nacionalismo es así en todos lados. Una triste y lenta consumición de un ideal idealizado construido sobre verdades y mentiras que acabarán por desfigurar la realidad más tozuda después de grandes sufrimientos inútiles.

Les habrá sucedido a ustedes seguramente. De la época universitaria –hace treinta años- tengo dos ejemplos. Un profesor y un compañero y amigo. Ambos muy inteligentes. Ambos muy viajados. Ambos catalanes pero no separatistas. Al cabo de los años, más acentuado en la última década, se han convertido en unos grandes defensores del nacionalismo independentista. Y los demás del grupo de amigos veíamos esta evolución y no dábamos crédito. Y eso que unos cuantos procedíamos del nacionalismo vasco. La fuerza propagandística desde dentro de Cataluña –todo el aparato del gobierno, los medios de comunicación, la enseñanza etc- más la virulenta crítica desde el resto de España –especialmente desde el ámbito político- han hecho enraizar el sentimiento catalán en lo más profundo de su ser hasta hacerlo autónomo. Con razonadas sinrazones como justificación.

Por eso, aunque el mismísimo presidente de Estados Unidos, Barak Obama diga que cuenta con una España fuerte y unida, al nacionalista catalán le trae al pairo. O peor aún, le hace más nacionalista. Y no digamos si las amenazas provienen de las instituciones españolas. Tal debe ser la presión interior que se vive en Cataluña que hasta mis colegas del Círculo de Economía, como bien escribía ayer Carlos Herrera, se la han cogido con papel de fumar en su declaración institucional de cara a las próximas elecciones. Son partidarios de un soberanismo alcanzado por la vía legal.

Hay que calmar todo este clima de crispación que, indudablemente, han provocado con inteligencia los últimos gobiernos de la Generalitat y, especialmente, Artur Mas. En la transición democrática se hicieron muchas cosas bien y otras mal. De entre las mal acometidas fue dejar en manos de los nacionalistas su propio destino con sus respectivas autonomías. Pues, como bien se constata, han ido creando un estado nuevo dentro del Estado. Era  cuestión de tiempo. A estas alturas solo Ciutadans –catalanes desde la propia Cataluña- puede llegar a solucionar este desaguisado error histórico.

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