El gobierno del día después

Una cosa es dar tu voto para que se pueda formar gobierno y otra cosa muy distinta es gobernar el barco. Lo primero es muy fácil y no compromete. Lo segundo es mucho más difícil y sí compromete. Así es que no se entiende demasiado a cuento de qué el PSC y otros socialistas se emperran tanto en su no a la investidura. Como si estuviera en los estatutos del partido la negativa permanente a facilitar un gobierno con otros partidos. Seguir argumentando que su no es por ser un gobierno de derechas o de la corrupción es no tener razones de peso para hacerlo. Porque ese discurso es trasnochado y carente de lógica. Siguen sobrando muchos personalismos y un proyecto verdadero de partido. Ese es el problema. Y ese es el cometido principal que la gestora del PSOE y Susana Díaz quieren acometer en la próxima legislatura. Desde la oposición.

Y este es el gran dilema y el gran reto, no solo de los partidos sino de toda España en la próxima legislatura. ¿Cómo renovarse y ser coherente políticamente cuando hay que tomar medidas duras si queremos remontar el país? No va a ser un camino de rosas, o al menos no debería. Por una sencilla razón. No hay dinero para satisfacer todas las demandas sociales y de las comunidades autónomas como si de un país rico se tratara. Cuando el dinero fluye a espuertas, como en los años previos a la crisis, se gasta sin preocupación y responsabilidad, se hacen concesiones a la galería e incluso cualquiera se permite teorías políticas de lo más curiosas mientras saborea un buen cubata desde la terraza de su apartamento. Pero eso ya no es posible. Al menos no para una gran mayoría de españoles. El comunismo revolucionario romántico de Podemos lleva a la pobreza y la lucha de clases. Y eso está archicomprobado históricamente. El socialismo histórico lleva a la pobreza de la mayoría porque al querer igualar a todos por el mismo rasero ha empobrecido las fuentes de riqueza con las que construyeron este mismo proyecto idealista. Y eso está archicomprobado históricamente.

Cuando nos estamos quedando sin fuentes de riqueza –la empresa es la única que genera trabajo y recursos económicos sostenibles en el tiempo- para alimentar nuestro elevado sistema de derechos –sin demasiadas obligaciones-, es la hora de los tecnócratas. Es decir, de aquellos profesionales que no se mueven por motivos ideológicos sino acuciados por arreglar las entrañas económicas y administrativas de un país agotado. Pensando en el bien común. No en un partido concreto. O en un sillón del Parlamento. O del Gobierno.

Teniendo un país deficitario –que gasta más que lo que ingresa-; un país envejecido que no puede pagar las pensiones de sus mayores; un país con una tasa de paro disparada; un país donde todavía no se ha hecho la reforma de la administración – y así es imposible avanzar-; un país que está más pendiente, con todo respeto, de la fiesta de los toros –en un sentido u otro- que de cómo generar empleo; un país en el que sus gobiernos regionales hacen lo que les viene en gana, sin un proyecto común de educación, investigación etc. Siendo esto así, lo que vendrá después de la formación de gobierno, será un trabajo duro que requiere consenso y profesionalidad. Y menos samba.

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