La monarquia catalana

El presidente –rey inconfeso- de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, ha esperado que pasara la romería del Rocío de Terrassa, para anunciar que su gobierno tiene intención de convocar un referéndum el próximo día 1 de octubre para preguntar a los catalanes si quieren convertirse en una república independiente. Ya puestos a preguntar, debería de dar la libertad a los ciudadanos que viven en esa comunidad, de proponer otros modelos de estado: monarquía independiente, absolutismo independiente, república ácrata de los países catalanes, estado independiente de políticos oportunistas. En fin, algo más democrático.  Bromas a un lado, entiendo que este desafío al Estado español más que verborrea nacionalista barata es la mayor crisis institucional, social y política que vivimos desde que tenemos democracia en España.

Este es un problema que se ha generado desde las instancias políticas en el origen de la misma constitución española. Desde que se permitió a un grupo de personas hacerse fuerte en el aparato de un Estado autonómico para destruir desde dentro la propia autonomía, apoyando sus peticiones con dinero y más autonomía para hacer en su territorio lo que les viniera en gana a cambio de un apoyo político. El que vinieron dando los nacionalistas catalanes a los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP cuando estaban en minoría. La mala política es cortoplacista. No ve lo que hay más allá del muro. De esos polvos, estos barros.

Estamos ante una cuestión de Estado que importa tanto a Andalucía como a Cantabria o Cataluña. A un partido político u otro. A todas las instituciones del Estado. A todos los ciudadanos. Creo sinceramente que el señor Rajoy tiene razón cuando dice que el desafío independentista no es una cuestión que solo haya de solucionar el gobierno actual del PP. Es una cuestión de todo el Estado y como tal, todos deberían de arrimar el hombro para que se solucione pacífica y legalmente. Con madurez.  Muchos de los que han accedido a la noble práctica de la política en los últimos años han ejercido su parcela de poder con una frivolidad tan alucinante que han arrastrado a toda la sociedad a posicionarnos en cuestiones que ni hemos pedido ni hemos provocado ni queremos posicionarnos.

Escondiendo el estrepitoso fracaso de los gobiernos tripartitos catalanes, el iluminado Artur Mas optó por transmitir tensión política y mediática al pueblo catalán y español, alimentando animadversiones gratuitas e innecesarias, enturbiando sentimientos legítimos con la intención de manipularlos, incluso, falseando la historia, buscando los intereses particulares de los partidos independentistas. Desde una óptica nacionalista nos podrán decir que no nos metamos en asuntos que solo corresponde a los catalanes. Lo entendemos. Pero por la misma razón podremos decir a esos nacionalistas que no se apropien de algo que es de todos los españoles.

Hemos llegado a un punto en el que no podemos escondernos ante semejante desafío. No existe un derecho de autodeterminación como no existe el derecho a matar, por mucho que estén a favor un gran número de ciudadanos.

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