La ausencia del seny

El viernes 8 de septiembre estuve reunido con el equipo directivo del Círculo de Economía en Barcelona. El motivo de la visita no era otro que intercambiar experiencias y modos de colaboración entre esa institución de prestigio y la Asociación de Empresarios del Sur de España, CESUR, además de acompañar y alentar a los empresarios de esa comunidad en un momento crítico: las mayores instituciones de la comunidad, el Parlamento y el Gobierno de Cataluña, han auspiciado una rotura institucional y social con el resto de España alentados por los independentistas. Posiblemente, esta nueva y pujante asociación de empresarios haya sido la única de España que en estos días se haya plantado allí. Obras son amores.

El Círculo de Economía como Fomento del Trabajo han tenido posturas muy afines y firmes al defender la legalidad vigente y que las cosas se discutan en un mejor clima, entre el Gobierno de España y la Generalitat de Cataluña. Algo que parece puede ser aceptado por cualquier persona –y más un gobernante o representante político- con un mínimo de compostura. Cuando se trata de hablar sobre lo de uno –Cataluña-, a ninguno le gusta que le den consejos ni recomendaciones desde el pueblo de al lado –Madrid, Valencia, Andalucía o País Vasco, por poner unos ejemplos-. Estas buenas intenciones tienen –habitualmente- un efecto boomerang: los suyos le aplauden pero los otros a los que trata de ayudar se aferran aún más a sus posiciones. Así son los nacionalistas. Y, oigan, de esto sabemos mucho en España.

Efectivamente, en la sociedad catalana de los últimos años han renacido los sentimientos nacionalistas y en cualquier lugar en el que se conviva –una familia, una empresa, una asociación del tipo que sea, una parroquia- encuentras esas distintas sensibilidades. Pero en la calle todo es muy normal, se lo aseguro. Cada cual hace su vida con normalidad y se utilizan el castellano y el catalán indistintamente con naturalidad. Siempre hay energúmenos que te pueden aguar la fiesta, cierto. Pero de eso hay en todos lados. Y, sí. Los independentistas lo son a muerte, y hacen suyos todos los discursos que puedan justificar su causa. Aunque atenten contra la verdad histórica o un argumento racional que serviría al científico más cientificista. No  les es posible razonar cuando el sentimiento está a flor de piel.

El problema ha sido ese conjunto de mamarrachos que describía en esta columna la semana pasada. Entiéndanse mamarracho aquella “persona que carece de formalidad y compostura, y no merece ser tomada en serio ni tratada con respeto”. Porque se lo han dejado en el camino. Todo este desafío desde la cúpula del Gobierno catalán y el Parlamento de Cataluña es una barbaridad intelectual, política y social que no puede llevar a nada bueno. Esta actitud tan beligerante no puede seguir por mucho tiempo ni consentida por un Estado de Derecho. Es evidente que nada va a ser como antes por un tiempo. Pero para que las aguas del sentido común y del buen seny vuelvan a sus cauces, hay que separar a los provocadores y hay que dejar de alimentar, desde las instituciones públicas catalanas, en primer lugar, y españolas, en segundo lugar, cualquier mala inclinación hacia lo catalán o cualquier adoctrinamiento separatista.

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