La mentira de la postverdad

No podía imaginar que hasta la Real Academia de la Lengua caería engañada por sus propios objetos de estudio al incluir, en nuestro diccionario, el término postverdad. La mentira de la palabra de origen anglosajón hace honor a su significado. El término se las trae. Viene del inglés post truth, literalmente, postverdad o después de la verdad. Empezó a usarse por cronistas políticos y de eso no hace ni veinte años. Pero el lenguaje político enseguida arraiga en las sociedades modernas gracias a los medios de comunicación. Y como se usó mucho durante la campaña del Brexit en Gran Bretaña y durante la campaña electoral que dio la presidencia de Estados Unidos a Donald Trump, pues aquí están los políticos españoles manoseando el término. Una frivolidad que nos va a salir muy cara, como tantas otras antes.

El DRAE va a definir postverdad como aquella información que apela a las emociones, creencias o deseos del público. En fin, que a la hora de hacer creer a un tercero algo o de modelar la opinión pública, los hechos objetivos tienen menos importancia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. Sean estas verdaderas o falsas. Y esto es lo que hace el debate político –donde se fragua el término y su uso generalizado-: se dirige a las emociones y los hechos quedan ignorados. La verdad queda oculta de manera intencionada. Y de esta forma se consigue el relativismo absoluto. De aquí al caos hay un paso. Porque las referencias verdaderas –hechos objetivos y demostrables- son necesarias para el buen gobierno y la buena vida personal.

El ámbito político lo utiliza mucho, seguramente para tapar todas sus incongruencias y principios traicionados, y ganarse el favor del público prometiéndole lo que desea, aunque esos deseos sean imposibles, pasajeros o falsos. Se ha escrito mucho de la postverdad en el ámbito del independentismo catalán. Donde puede más el sentimiento y el deseo de algunos de independizarse que hasta falsean la verdad histórica para sentirse seguros de que están en la verdad.

Otro ejemplo actual de postverdad ha sido la jornada de 35 horas instaurada en Andalucía por el gobierno regional. Era sabida su inconstitucionalidad –entre otras cosas por sentencias contrarias ocurridas en otras comunidades autónomas-. Pero el ejecutivo andaluz decidió seguir adelante porque la jornada reducida es algo que desea cualquier trabajador. Desde el punto de vista emotivo es un punto a favor del gobierno, pero la realidad es que no era factible llevar a cabo esa medida. La prueba ha sido la sentencia del Constitucional anulando la orden de las 35 horas. Ejemplo clarísimo de postverdad: los hechos se dejan a un lado y el mensaje emotivo es el que manda.

Lo único que nos hace libres es la verdad. Piénsenselo un poco. Y sobre todo recapaciten los políticos y los medios de comunicación que en su esencia siempre ha estado la búsqueda de la verdad. Si hay un derecho fundamental que salvaguardad ese es el de la libertad. Por eso es tan importante la verdad. La postverdad es la mentira. Emotiva, pero mentira.

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