Brindis con cava

Siempre se ha dicho –y los dichos tienen su parte de razón- que en Navidad la gente se enternece un poco y es capaz de hacer actos repentinos de bondad, inexplicables en otro contexto. Ciertamente el hombre –el hombre y la mujer se ha de entender- es muy capaz de esos actos de generosidad, como lo es de cometer otros muchos actos de vileza. Algo tiene este tiempo para que brote del corazón lo bueno que hay en él, cuando los poetas sugieren que en tu corazón reine siempre la Navidad. Lejos del mundanal ruido de la supremacía de nuestro ego sobre los del resto –esa pasión tan lejana de la razón que siempre quiere imponerse a la de los demás-, la contemplación de un misterio como el que rememoramos que acaeció en un pobre portal de animales en Belén de Judá nos hace recordar la pureza de un niño recién nacido. Y el amor de unos padres por la criatura que acaba de venir a este mundo. Un cuadro de paz, de ternura, de entrañas de misericordia y comprensión hacia los demás. Un cuadro que en lo profundo de nuestro corazón ansiamos albergar porque refleja  un estado en el que querríamos permanecer siempre, porque se está a salvo de todo rencor, egoísmo o ambición, al calor del amor de unas personas por otras.

Esta sencilla pero profunda lección que nos ofrece la Navidad es la que desearía que aprendiéramos en estos días festivos, porque contribuiría de manera importante a sembrar paz donde no la hay. Empezando por uno mismo. A  poner amor donde no hay amor, porque entonces encontraremos amor. De eso no hay duda. Y algo de esto nos hace falta a todos. Los conflictos –internos o externos- solo se resuelven así.

Por eso brindaré esta Nochebuena con cava. Porque la única manera de reconciliación del pueblo catalán consigo mismo y con los demás es por medio de esta apelación del mensaje navideño a los corazones de todos esos dirigentes políticos que quieren cambiar la promesa de la felicidad del portal de Belén por una bandera distinta. En Belén no hay banderas; hay hombres y mujeres como tú y como yo. Hay corazones que ansían la paz y la concordia.

En Belén no hay partidos políticos porque ahí solo se habla un lenguaje entendible para todos aquellos que se acerquen ahí con sencillez y humildad, como los pastores que se arremolinaron entorno al portal. No hay gobiernos; no hay elecciones que ganar; cuentas de resultados que conseguir; votos que sumar; voluntades que doblegar. No hay nada de eso. No hay espacio para la mentira, para el engaño, para la trampa, para la envidia. No hay que estar alerta porque no hay amenazas ni peligros. Por eso anhelamos el tiempo de Navidad. Porque ahí solo encontramos paz, comprensión y amor. Y ahí es donde nos gustaría siempre estar.

Hagamos que la Navidad reine cada día en nuestro corazón.  Y cambiaremos el mundo, empezando por mejorar nuestro entorno más cercano. Feliz Nochebuena.

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